El rechazo de la cábala (1)
A. Delfosse-Thys
Trad., J. Lohest-Hooghvorst
Ninguno de los que fueron invitados
saboreará mi cena.
Jesús (2)
Las manifestaciones de la presencia del Señor aquí abajo parecen cumplir el récord de las excepciones. ¡Y sin embargo!
¿Acaso Dios se complacería en enrarecer sus marcas de amor hacia la humanidad a fin de aumentar su precio, o es que alguna causa perniciosa independiente de Su voluntad destruiría Sus proyectos filantrópicos?
No busques, lector, lo hemos hallado para ti: esta ruina, esta catástrofe, esta calamidad lleva un nombre. Se llama: «rechazo de la cábala».
«Los que descuidan la búsqueda de la salvación de Dios cometen un crimen contra sí mismos; pero los que persiguen a los buscadores de la salvación de Dios cometen un crimen contra todos. ¿Acaso no es éste también el pecado que no será perdonado? Y ¿no son éstos también los malditos que serán arrojados a las tinieblas exteriores? » (3)
¿Por qué Dios perdonaría todos los pecados excepto los de este tipo? La respuesta más evidente parece ser la siguiente: Porque sólo los buscadores son susceptibles de encontrar la salvación de Dios. Ahora bien, esta salvación, no lo dudemos, comporta el
perdón actual no sólo para sí mismos, sino también para todos aquellos que se les acerquen sin oponérseles.
En cambio, perjudicar a estos buscadores, no significa sino aniquilar el vehículo del perdón.
Pero ¡desgraciadamente! la mayoría no cree realmente en esta salvación. La Virgen Maria fue la protectora de sus antepasados, eso sí, lo admiten de buen grado. Quizá también, en el futuro, alguno de sus descendientes se beneficie de sus milagros; eso lo aceptan, ya que para ellos lo maravilloso está necesariamente lejos. Pero si hoy por hoy, el ocupante de la casa vecina tiene pinta de transformar el agua en vino, se exclaman: «¡Ojo con el New Age!», y lo claman bien fuerte por temor de que algún ingenuo sea, él también, engañado. Así es como uno se priva a sí mismo, y a los demás, de las bodas de Canaá.
Acaecen entonces, a los hombres entregados a sí mismos, una serie de desgracias innumerables de las que sólo un cabalista podría tan fácilmente liberarles. «Tan fácilmente, ¿dices?» - Ciertamente, incluso muy fácilmente. - «¿Cómo es eso?» - Simplemente porque cuando la Virgen Maria está cercana, basta con pedirle algo, sin ocuparse de saber como se las arregla, y el resultado está ahí. Es incluso tan milagroso, fácil y generoso que a pesar de la gratitud que impulsa a publicar sus alabanzas, es preferible callar antes que suscitar un escándalo o unos celos igualitaristas.
En diciembre 1952, Louis Cattiaux escribía a un amigo:
« (.) He adivinado también el pecado de soberbia (.) y la ingratitud y los problemas que empiezan para (.) aquellos que nos reniegan y nos ignoran, creyendo apoderarse de la ciencia y suprimir a aquellos que les presentan. Esto es la gran estupidez y debes avisarlos fraternalmente al respecto y decirles que todo se esterilizará poco a poco en sus manos ingratas y profanas, y si persisten, debes negarte a hablarles de la Santa Ciencia (.)
(.) en realidad nos juzgamos a nosotros mismos, lo cual es lo peor que pueda ocurrir porque entonces ya ni podemos beneficiarnos de la gracia divina».
Habrá quienes no omitirán sentirse ofuscados por nuestros propósitos, y si el fondo les molesta, atacarán la forma. Además, ¿cómo atreverse a amalgamar esta noción totalmente cristiana de la «Virgen María» con el vocablo típicamente hebraico de «cabalista»? Absteneos, detractores, ya que, además de que el nombre de «Miriam» también nos venga de los hebreos, el de «cábala» indica la transmisión de un secreto que no se limita a la forma particular de su manifestación en la tradición judía. El verdadero «Caballero andante» o «cabalista en camino» ha experimentado el misterio de esta agua amarga destinada a volverse azucarada, que se denomina Maria.
«Os adoramos, Agua, madre de las aguas, pues el fuego viviente está en vuestro centro y sois excelente sobre todas las demás luces. El sol es vuestra producción magnífica. Santa Madre del fuego, socorrednos ahora y en la hora del paso difícil. ¡Que así sea! » (4)
Así pues, no sólo socorre «en la hora del paso difícil», sino también «ahora », siempre y cuando esté cercana, es decir que el buscador que la ha encontrado y albergado no haya sido obligado a huir a causa de persecuciones abiertas o disfrazadas.
¿A quién se le ocurriría entallar los hilos eléctricos con la excusa de que es la luz la que alumbra y no los hilos? ¿o desechar la flauta, teniendo en cuenta que es el soplo el que produce el sonido? Todo esto no es sino ignorancia, o mejor dicho, inteligencia demasiado maliciosa que rechaza el que una criatura humana pueda ofrecernos algo divino. Sea lo que fuere, la consecuencia es tan lógica como automática: tinieblas opacas y silencio de muerte. Ya nada ilumina, ya nadie responde.
«Es cierto que cuando un sabio se muestra al descubierto, el mundo le crucifica o manda que le encierren y de todas formas le persigue odiosamente en lugar de examinar lo que predica o lo que hace» (mayo 1952).
«El infierno es, sin duda, lamentarse por haberse equivocado en todo cuando la solución aparece al descubierto para todos y que el plazo del examen ha expirado irremediablemente. Todos los que han suspendido se morderán los dedos y se acusarán recíprocamente por haberse engañado unos a otros, y la visión de los elegidos deberá unir insoportablemente en ellos el ridículo y la desesperación definitiva» (agosto 1952).
Si el mundo permanece gris, hundido en su mediocridad helada, no es culpa de Dios, que no cesa de enviar a « alguien ». La culpa es de aquellos que no creen en ello o le rechazan.
«Ciertamente, la salvación de Dios que anunciamos y proponemos a los hombres exiliados, parece increíble por ser demasiado hermosa y demasiado pura en este mundo oscurecido por la muerte. Así, los inteligentes la rechazan, riendo sarcásticamente según su llana y ciega razón. Sólo los simples y los inocentes pueden recibirla, pues no obstaculizan el milagro renovado de Dios». (5)
No tememos decirlo: si Francia hubiera acogido a Louis Cattiaux-Elouiah con los brazos abiertos, si simplemente se hubiera abstenido de ignorarlo o intentar ocultarlo, no se hallaría actualmente en el estado lamentable descrito recientemente, con mucho acierto, por Pascal Bruckner. (6) Efectivamente, ¿quien cree todavía que esta nación que ha perdido sus colonias, su lengua, su cultura, su gloria y su esplendor mundial, pueda levantarse?
« (.) Ningún ser perdona ser negado y asesinado en aquello que tiene de más auténtico que es el Espíritu. Y ahora entiendo porqué Jesús dijo estas palabras sorprendentes: «Todos los pecados serán perdonados, excepto el pecado contra el Espíritu», es decir el pecado contra la vida que germina, que florece y que lleva fruto, el pecado contra la más magnifica manifestación de Dios en su creación. Así la pequeñez condena a la grandeza, pero la grandeza adelanta finalmente la pequeñez. Si Dios me concede la victoria total tan deseada, perdonaré, pero mi actitud parecerá extravagante ya que me burlaré de los mediocres y los denunciaré y ya nadie apagará mi voz como ocurre ahora» (octubre 1952).
«Cuando un pueblo desprecia, maltrata o mata a sus sabios, sus santos, sus hijos, sus poetas y sus artistas, la nación está cerca de su final.
El odio que los mediocres sienten por el conocimiento, el amor, la vida, la grandeza, la belleza, no tiene límites». (7)
«El don de Dios permanece solitario en nuestro corazón y en nuestras manos, porque este pueblo se ha vuelto imbécil a fuerza de creer en su propia inteligencia, y se sacia de las obras de muerte, y rechaza la obra de vida que le es ofrecida gratuitamente.
Nos retiraremos, pues, de esta nación a la que somos enviado, pero que no nos acepta, a fin de que nuestra predicación no sea motivo de escándalo o de maldición para nadie, ya que no puede ser motivo de edificación y de bendición para nadie en ella.
Si el Señor está con esta nación seremos, ciertamente, excluidos; pero si él está con nosotros, ¿no será excluida esta nación? ¡Que el Señor se las arregle, pues, directamente con ella o que la arregle con sus demasiado inteligentes y sus demasiado astutos, y que nuestras manos estén limpias de su sangre corrompida y rebelde!» (8)
Sólo unos pocos sin embargo han reconocido, en la obra de Cattiaux, una enseñanza profética destinada a proponerles la salvación. Pero el libro de papel no basta. No se puede decir que
El Mensaje sea «Reencontrado» sino hay «alguien». Este alguien se llama Jacob (el que suplanta) o más exactamente «Israel», es decir aquél que ha luchado de noche en una polvareda negra que sube hasta el cielo, con un personaje absolutamente temible que acaba (¡oh milagro del corazón!) bendiciéndole, a fin de que pueda un día obtener la victoria final y gloriosa.
Sólo este «Israel» manifiesta un Mensaje Hermético de nuevo encontrado, pero, desgraciadamente, la gente lo rechaza, se deshacen de él o le oprimen. ¡He aquí el rechazo de la cábala! Reconocen, incluso honran, el sepulcro enfriado del profeta, pero rechazan a aquél que levanta la piedra del sepulcro, puesto que escandaliza y corre el riesgo de arruinar las pequeñas costumbres de los hombres y las construcciones hábiles a las que están apegados para permanecer, como las cucarachas, al abrigo de la luz solar.
Al cabalista, no le queda más remedio que dejar de molestarles y buscarse otro pueblo más receptivo. En cuanto al pueblo abandonado, inducido al rechazo del
milagro renovado por el engaño y la prudencia temerosa de sus demasiado inteligentes, se ve obligado, para curarse, a volverse hacia la ciencia de los hombres o a entregarse al culto de estatuas insensibles y cumplir vanas y costosas peregrinaciones, sin ni siquiera acordarse que la Virgen en persona, todopoderosa, que les ofrecía su amistad, pasaba y volvía a pasar tantas veces junto a sus casas, montada en un asno aunque un poco deforme, pero obediente.
Es cierto que el misterio Mariano es, como lo decía EH, de bienaventurada memoria, «muy difícilmente controlable». Sin duda alguna, el pueblo no debe necesariamente comprender todas sus sutilezas, tanto más cuanto que la Virgen María en persona se preguntaba de qué naturaleza era aquel tierno saludo. (9) A este pueblo le basta pues con creer en ello simplemente.
En cambio, la élite avisada sabe pertinentemente que dicho secreto existe. Le han dicho que esté atenta a la
actualidad del fenómeno. Numerosos testimonios le han sido proporcionados, tanto en las Escrituras que abundan de ejemplos, como con la manifestación de un signo vivo, visible y audible. Incluso los ciegos y los sordos han recibido un signo público. La excusa de la ignorancia no puede ser pues invocada, y es «una locura querer oponerse a ella hasta el agotamiento del absurdo». (10) Y puesto que «un santo enviado de Dios justifica, equilibra y fecunda a todo un pueblo de creyentes unidos por la gracia y por el amor»..., (11) estos creyentes deben estar unidos
por la gracia y por el amor, y no por las simpatías mundanas y los prejuicios de moda que les hace permanecer en su sectarismo vanidoso.
«El gran dolor del santo, aquí abajo, es tropezar tantas veces con la obcecación estúpida de los impíos como con el sectarismo vanidoso de los creyentes». (12)
«No hemos venido para desviar a nadie de su fe, de su culto o de su secta. Hemos venido para reunir a los creyentes que buscan al Señor vivo, en la gracia, en el amor y en el conocimiento del único Esplendor». (13)
Entonces ¿qué es de estos creyentes, si a pesar de tantos llamamientos caritativos claramente expresados, no quieren realmente examinar lo que se les dice ni cambiar nada de su posición obtusa? Al no buscar el
Señor vivo, no queda sino un grupo de «felices amiguetes» que permanece idolátricamente fiel a un montón de piedras y que ha perdido su herencia.
Conclusión:
Como que «incluso los mediocres pueden ser salvados, pero a condición de no oponerse estúpidamente a los santos que han aceptado responder por ellos», (14) confesemos que «es desde luego, nuestra presunción imbécil la que nos impide reconocer la obra grandiosa del Señor de vida y de luz» (15); dejemos ya de afirmar que nunca pasa nada y sometámonos desde hoy, mientras estamos en vida.
¡Alá es grande! Lo ve todo. Lo sabe todo.
Los que, rebeldes a Dios y a sus enviados,
quieren hacer diferencias entre ellos,
creyendo en unos y negando la misión
de los otros, se hacen una religión arbitraria..
Corán (16)
Notas
1. Artículo publicado en la revista digital
http://www.beyaeditions.com/revue/ar3.htm, núm. 1 de junio 2007.
2.
Lucas, XIV, 24.
3. Louis Cattiaux,
El Mensaje Reencontrado, XXXVII, 45'. (
http://www.beyaeditions.com/messagees.htm)
4.
Ibidem, X, 60'.
5.
Ibidem, XXXVI, 17 y 17'.
6.
Tyrannie de la pénitence, Bernard Grasset, París, 2006, pp. 193 y ss.
7. Louis Cattiaux,
op. cit., III, 68-68'.
8.
Ibidem, XXXVIII, 60.
9. Véase
Lucas, I, 29.
10. Louis Cattiaux,
op. cit., XXXIV, 32'.
11.
Ibidem, X, 34'
12.
Ibidem, XIV, 43.
13.
Ibidem, XXII, 7.
14.
Ibidem, XXXIV, 34'.
15.
Ibidem, XIX, 67.
16.
Corán, IV, 149.