Ángeles y monstruos
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Los antiguos sabios escondieron sus misterios bajo las figuras de unos seres imaginarios que arraigaron fuertemente en las culturas populares de las distintas civilizaciones. Por un lado, los ángeles o seres celestes, cercanos al origen de la creación y que representan la parte "volátil" de la Gran Obra alquímica. En el otro extremo, los monstruos o seres mal formados atrapados en la tierra, pero que poseen en su interior la misma luz que los ángeles y que en el lenguaje alquímico representarían la parte "fija".
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Inicio de proceso 
Ángeles y monstruos
Los antiguos sabios escondieron sus misterios bajo las figuras de unos seres imaginarios que arraigaron fuertemente en las culturas populares de las distintas civilizaciones. Por un lado, los ángeles o seres celestes, cercanos al origen de la creación y que representan la parte "volátil" de la Gran Obra alquímica. En el otro extremo, los monstruos o seres mal formados atrapados en la tierra, pero que poseen en su interior la misma luz que los ángeles y que en el lenguaje alquímico representarían la parte "fija". En muchas historias mitológicas y también en las leyendas populares, el ángel, o la parte pura, ayuda a manifestar la luz que se oculta en el interior del monstruo, imagen de la creación impura o mezclada. A su vez, este último permite que aquello que era volátil, es decir que no tenía un lugar en la tierra, pueda corporificarse y dar un fruto perfecto.
El discurso que presentamos comienza con la imagen de un serafín, un ángel ardiente según la etimología hebrea, que posee seis alas y que transmite el fuego del cielo a los profetas.
Serafín del ábside de Santa Maria de Aneu, s. XII
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Relación 1 de 12. El serafín
En el Apocalipsis se describe con precisión la visión de san Juan en Patmos y las miniaturas medievales no dejaron de representarla. En ésta, el conjunto de las cortes celestiales están guardadas por un serafín de fuego situado a los pies de la mandorla crística.
El texto del Apocalipsis que describe la imagen dice así: "Miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo. La primera voz que oí era como de trompeta que hablaba conmigo diciendo: ¡Sube acá, y te mostraré las cosas que han de acontecer después de éstas! De inmediato estuve en el Espíritu; y he aquí un trono estaba puesto en el cielo, y sobre el trono uno sentado. Y el que estaba sentado era semejante a una piedra de jaspe y de cornalina, y alrededor del trono había un arco iris semejante al aspecto de la esmeralda. También alrededor del trono había veinticuatro tronos, y sobre los tronos vi a veinticuatro ancianos sentados, vestidos de vestiduras blancas, con coronas de oro sobre sus cabezas. Del trono salen relámpagos y truenos y voces. Y delante del trono arden siete antorchas de fuego, las cuales son los siete Espíritus de Dios. Y delante del trono hay como un mar de vidrio, semejante al cristal. Junto al trono, y alrededor del mismo, hay cuatro seres vivientes llenos de ojos por delante y por detrás. El primer ser viviente es semejante a un león, y el segundo ser viviente es semejante a un becerro, y el tercer ser viviente tiene cara como de hombre, y el cuarto ser viviente es semejante a un águila volando. Y cada uno de los cuatro seres vivientes tiene seis alas, y alrededor y por dentro están llenos de ojos. Ni de día ni de noche cesan de decir: ¡Santo, Santo, Santo es el Señor Dios Todopoderoso, que era y que es y que ha de venir!" (Apocalipsis 4, 1 y ss.)
Miniatura carolingia de Cristo en majestad, Metz, s. IX.
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Relación 6 de 12. El ángel caído
Según algunas tradiciones, cuando Dios creó al hombre todos los ángeles se prosternaron ante él, excepto el más hermosos de todos ellos, Lucifer, quien se rebeló diciendo: "Soy superior al hombre, me has creado de fuego y a él lo has creado de arcilla". Entonces Dios lo desterró del cielo diciendo: "¡Baja de aquí, ya no podrás mostrarte orgulloso en este lugar! ¡Sal! Estarás entre los despreciables" Y añadió: "Estarás entre aquellos a quienes les es dado esperar". Lucifer, o Iblis, dejó su patria celeste y se exiló en lo más profundo de la tierra, o quizá del hombre, sin embargo se llevó con él una chispa del fuego divino con el que había sido creado.
F. von Stuck, "Lucifer", (1896).
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Relación 11 de 12. El dragón y el árbol celeste
La miniatura reproduce el mismo proceso que la imagen anterior, pero explicado de manera alquímica. Del dragón, que representa la conjunción imperfecta del cuerpo y el espíritu, surge, después de una operación misteriosa que los alquimista denominan "rectificación", el árbol de vida que dará unos frutos perfectos, simbolizada por los tres principios o luminarias terrestres. Aquí debe recordarse la divisa alquímica representada por el acrónimo VITRIOL: "Visita el interior de la tierra, rectificando, encontrarás la piedra oculta".
Hieronymus Reussner, "Pandora", (1582).
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Relación 12 de 12. Luz corporificada
En las dos imágenes se alude al misterio de la germinación de la semilla de fuego celeste oculta en la tierra. En la de la izquierda, un árbol sembrado de ojos nace de un niño engendrado en el cuerpo de la visionaria medieval, Hildegard von Bingen. En la de la derecha, un obelisco, que para los egipcios simbolizaba un rayo de luz corporificado, se levanta hacia el cielo a partir de la germinación del sol terrestre. Al igual que en las constelaciones, en él aparecen escritos los secretos del cielo y de la tierra.
Hildegard von Bingen, "Scivias", (1141).
Obelisco del templo de Luxor.
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